Etiqueta: Reflexiones

Hola

Hola

Hola

Cuando una llega a casa con ganas de ordenar, mejor aprovechar la tirada. Y es que esto no ocurre a menudo. Y cuando una llega a casa con ganas de ordenar y el compartidor de piso no está, entonces una sube el volumen, se pone una cerveza – bueno, espera un ratito que el vaso va al congelador – y ya. Qué esperabas.

Cada cosa tiene su sitio. A ti te toca colgado en una percha. Y a ti (a vosotros) en el congelador. Pero mejor de dos en dos para que no os aburrais. Cada cosa tiene su sitio. Vosotros a girar, girar, que luego ya saldréis a bailar al ritmo del ventilador del mundo. Y cuando salgáis me preguntaré «a dónde van a parar las parejas de los calcetines».

Y de repente suena With Or Without You y una se pone a bailar con el calcetín fresquito que huele a seda de Pekin o por ahí. Y corre y pone el transistor un poquito más alto. No de altura… de volumen, digo. Y ya que lo pone más alto, le da para atrás y vuelta a empezar. Un poquito más alto otra vez.

Y manda un mensaje, uno de esos con foto. «A ver si adivinais quiénes son», escribe. Do you wonder why I prefer to be alone? Have I really Lost Control? Es bueno decir que se quiere de vez en cuando.

And I feel like I knew you before le recuerda a anoche, cuando fue izada por las nubes por encima de las vallas de seguridad y los de atrás, lejos de enfadarse, se carcajearon por la falta de agilidad de una. Una dice «¡lo siento!» y se ríe. Se ha saltado la cola, ya está casi dentro. Cada cosa tiene su sitio.

Lo siento, dice el izador, por mi fallido intento de elevador al estilo bombero. ¡¿Lo siento tú?! ¡Lo siento yo! Y mejor practicamos para la próxima vez. Una sonrisa se escapa, otra, otra vez.

Wiiiiild Hooorssseeeesssss… Otros recuerdos, sin mensaje esta vez. Ni que se gastaran… No hay mensaje, pero hay memorando, del lat. memorandum, cosa que debe recordarse.

Y cuando una empieza a teclear en su mente y se acuerda de Cuaderno Bebitacora, mejor aprovechar la tirada.

Cada cosa tiene su sitio.

 

All the dreams we held so close

Seemed to all go up in smoke

Let me whisper in your ear

Angie, Angie…


			
Qué cosas pasan cuando vuelan mosquitos sobre las cabezas

Qué cosas

Qué cosas pasan cuando vuelan mosquitos sobre las cabezas

Un día vi mosquitos sobre una cabeza.

La cabeza avanzaba y se paraba y los mosquitos avanzaban y se paraban. A su alrededor había más cabezas. Unas más altas, otras más bajas. Algunas de las cabezas más bajitas avanzaban más rápido y desandaban lo andado para volver a avanzar más rápido. Iban y venían, iban y venían. Sólo la cabeza que un día vi tenía mosquitos. Qué cosas…

Yo caminaba a mi ritmo y la cabeza y los mosquitos y las demás cabezas me adelantaban; las cabezas más bajitas me adelantaban a mi y a la cabeza alta y a los mosquitos; varias veces. La cabeza bajo los mosquitos hablaba con las demás cabezas, pero los mosquitos no volaban de una a otra. Entonces yo les adelantaba a todos, a las cabezas altas, a las bajitas y a los mosquitos. Pero ni siquiera cuando yo les adelantaba venían conmigo. Se quedaban pacientemente volando esperando a que su cabeza volviera a avanzar. Los mosquitos, digo…

Debía ser una relación interesada. O desinteresada, quién sabe. De esas que aprendimos en las clases de naturales cuando dábamos naturales. Los peces que viajan sobre otros peces y les limpian a cambio de que los peces grandes les lleven. Esta es una relación interesada de mutuo acuerdo; tiene un nombre la relación pero no me acuerdo. En cambio me acuerdo de las clases de naturales y del libro verde con círculos de colores.

No veo qué interés pueden tener unos mosquitos en volar sobre una cabeza, ni la cabeza en tener una aureola de mosquitos.

Ha pasado mucho desde entonces. Un año. Cuatro estaciones enteras, tres de ellas invierno.

He vivido en cinco casas contando el hostal. He ido en bici, en autobús, en tren, en barco, en avión y en coches sin volante. He andado y he perdido autobuses porque no puedo correr. Pero luego han llegado más autobuses.

He estudiado y he dicho que estudiaba pero no estudiaba. He hecho cursos en los que no había profesor y cuando había llegaba a las once. Y cuando venía tres días seguidos se cambiaba la corbata pero no se cambiaba el resto. Al menos siempre iba a juego.

He tomado tés de dos unidades monetarias (en adelante u.m.) y cervezas de cuatro u.m. He comido en casa porque fuera piden demasiadas u.m. He escuchado música y he intentado cantarla.

He hablado horas por teléfono porque entre nosotros es gratis. He enviado infinitos mensajes porque son ilimitados. He guardado correos electrónicos porque un día los releeré y me reiré – o lloraré.

He salido poco porque estoy muy a gusto en casa. He salido lo suficiente.

He leído y he escrito. No he visto la tele porque no tengo. He visto series en versión original y con subtítulos. He escrito y he leído y he vuelto a escribir hasta dar por bueno lo escrito.

Nunca me regales un reloj o un ebook o una tele.

He ido al gimnasio pero luego no porque hacía frío. Así que he engordado y ahora estoy a dieta. Ah, no, que siempre estoy a dieta. Me he comido una galleta porque me la he ganado.

He hecho planes y no los he cumplido. He hecho cosas que no he planeado. He deseado cosas y han ocurrido. O no. Así que he sido feliz. Y no.

He querido un poquito y he dejado de querer. Creo. Me han querido y me han dejado de querer. Supongo.

Hace mucho viento. Me gusta más la lluvia que el viento. Me gusta el cuadro que vi a través de un cristal lloviendo. Me gustó el pastel que vendían junto al cuadro a través del cristal lloviendo.

He cumplido un año, más. Eso es bueno porque lo contrario es malo. Esto lo han dicho en la radio. Es malo a pesar de que no te enteras. Espero. Esto lo digo yo.

He escuchado la radio. He ido al cine pero no al teatro. He ido a sótanos y había cómicos. A algunos les entendía, incluso. El cine es caro.

Ha pasado un año y hasta he encontrado trabajo.

Descubrimientos imprevistos

Esta mañana me dijeron que hoy iba a ser el último día de buen tiempo, que a partir de mañana empieza a llover. Así que agarré la bici, empecé a pedalear dirección, digamos, Este, hasta que llegué a Rottingdean.

No hice visita turística, mi llegada a este pueblo fue casual. Podría haber seguido pedaleando pero me paré aquí. Me dejé llevar y descubrí un rincón muy acogedor. Estuve unas cuatro horas sentada, mirando el mar y pensando en mis cosas. Uno de esos momentos, descubrimientos imprevistos, que tanto me llenan.

Me he quemado la cara y los brazos… ¡Qué raro! Pero es que no estaba tomando el sol. Sólo estaba pensando en mis cosas y el sol no pegaba fuerte como para darme cuenta de que me estaba quemando.

Descubrimientos imprevistos

El banco en el que estuve sentada cuenta una historia. La historia de una tal Violet Lilley que falleció a los 85 años de edad, pero que antes de fallecer conmemoró a su difunto marido Bill Lilley que tanto disfrutó de este paseo bajo el acantilado. A su vez, alguien conmemora a Violet, adorable esposa de Bill.

Puedo ver a Violet y a Bill sentados en este banco en el que ahora estoy yo, después de un largo paseo cogidos de la mano.

Rottingdean, Brighton, UK

Qué historias ocultará este banco, este paseo… me pregunto.

Un imprescindible

Uno suele irse por los Cerros de Úbeda cuando se trata de perseguir la felicidad y no se da cuenta de que la tiene ante sus narices, de que quizá se trata del instante que está viviendo. Un instante, mas otro intante, mas otro… estos son los que conforman la felicidad.

Hoy disfruté de un momento de estos. Un día soleado, paseo por la playa. Tumbada en una hamaca en el Brighton Pier, sobre el mar y con vistas al mar. Suena una canción* que quizá complementa -o completa- el instante. Me percato de que realmente estoy disfrutando el momento y lo aprecio.

Un imprescindible

Y como todo encanto tiene su desencanto… Como todo hechizo es roto por el maleficio de la bruja… Este no iba a ser menos.

Estaba con los ojos cerrados pensando en mis cosas cuando de pronto sentí un taponacito en la parte interna de mis rodillas y, seguido, un calorcito diminuto que iba resbalando por mis piernas. Me sobresalté, abrí los ojos, me incorporé y miré. Todo ocurrió en décimas de segundo, desde el taponacito hasta que estaba incorporada y ví qué sucedía.

Una cagada de gaviota.

Hala, momento feliz al traste.

Lo típico, miras a los lados esperando que nadie se haya dado cuenta. Como cuando te caes en medio de una rambla un domingo de verano en que la gente no tiene otra cosa que hacer que pasear por la rambla. Te caes y esperas que nadie te haya visto. Pues yo igual con la necesidad del bicho volador. Bueno, recurro a mi bolso recordando que no me quedan pañuelos y diciéndome a mi misma «¡Algo habrá! ¡El fular aunque sea!». Cuando de pronto me viene la luz y recuerdo las toallitas húmedas. Porque no creo en aquel, si no diría benditas sean. Me quedaré con que son un imprescindible.

Y comienza a abordarme de nuevo la sensación de felicidad de la que vengo hablando. «Menos mal que ha sido en las piernas y no en el pelo o en la ropa…». «Menos mal que tengo toallitas, para que luego los varones se quejen del bolso de Mary Poppins que solemos llevar las féminas».

La conclusión final que hago es la siguiente: No sé qué probabilidades hay en la vida de que te cague una gaviota pero supongo que pocas y a mí ya me ha cagado. Así que supongo que ahora me toca seguir disfrutando de esos instantes con la esperanza de que, ahora, le caiga a otro.

* El título de la canción es casual. ‘England‘, de The National. Estaba sonando, me percaté de lo bien que me sentía y miré el título.

Rainy day

He salido a las 8:25 a coger el bus para ir a clase y hacía sol y buena temperatura. A medida que transcurrían las horas el cielo se ha ido engriseciendo. Al finalizar la clase el profesor nos dijo que nos sintiéramos libres de irnos y, mirando al cielo, predijo que teníamos cinco minutos antes de que empezara a llover. Todo en inglés, rainy day, feel free to go, blablabla No habían pasado diez segundos de su predicción cuando empezó a caer un chaparrón de órdago.

Aún así nos fuimos. Nos sentíamos libres de ello.

Salí, abrí mi paraguas de una libra y me encaminé a la parada. Cogí el bus y me paré en la zona comercial. Una compañera me había dicho que en Waterstones, una librería en la que estuve hace un par de semanas, tienen libros de prácticas del First de Cambridge. Allá que me fui, pero ilusa de mi el otro día pensé que sólo había una planta de libros y otra de cafetería. El otro día sólo estuve en la primera planta y vi la cafetería anunciada pero no subí. Hoy, buscando el libro de prácticas, empecé a subir y me encontré con una segunda planta. Ahí no estaba.

Vi más escaleras. Subí. Ahí tampoco estaba. Ya van tres…

Vi más escaleras. Subí. Ahí tampoco estaba. Pero sí estaba la cafetería. Cuatro plantas.

Más escaleras. Subí. Al fin encontré el libro. Cinco plantas repletas de libros!

Buah, qué gozada… Sí, ya sé que la FNAC existe, pero a mi me hacía ilusión encontrar una librería de cinco plantas aquí, donde vivo ahora. Y con cafetería en medio.

Total que subí cinco pisos para nada porque el libro que había era un timo. Yo que pretendía ser legal y no descargarlo de Internet… Me fuí.

Al salir a la calle seguía lloviendo pero el órdago se había elevado a la quinta potencia. Es decir, llovía un huevo. Me dirigí de nuevo a la parada para continuar mi trayecto a casa y mi cabeza iba pensando. «Llueve, con truenos y relámpagos incluídos. Mira esa con la minifalda hawaiiana, qué frío! Vengo de una librería de cinco plantas con cafetería. No es momento de ir a casa. Es momento de entrar en una cafetería, pedir algo caliente, sentarme con un libro junto a una ventana y disfrutar del momento. Al fin y al cabo de eso se trata, de disfrutar el momento». De disfrutar cada momento como si fuera el último.

Mientras mi cabeza seguía pensando di media vuelta. Ríos de agua bajando por las aceras y por los desagües más. Todos los semáforos en rojo, el de peatones y el de coches. Parados al borde de la carretera esperando a que el semáforo se pusiera en verde. Todos parados como idiotas, más idiotas los peatones que nos estábamos calando gracias al viento lateral que acompañaba a la lluvia torrencial. Una valiente se atreve a dar un paso hacia adelante y a medio camino se arrepiente metiendo el pie justo por donde más agua corre. Toma pie hundido hasta el gemelo. Qué frío!

Se pone en verde -o no, pero cruzamos-. Frente a mi la entrada a Waterstones y la gente refugiada en la entrada -qué chico más mono!- esperando que amaine la lluvia. Venga, que ya queda menos. Ten cuidado con los charcos. Plas… Plassss… El agua hasta los tobillos y un fresquito bajando llenando poco a poco mis zapatos. Me acuerdo de la del semáforo. Pero si estoy en la acera! No es un charco, es el río que baja por la acera.

Subo. Chof, chof, chof… Tercera planta, cojo un libro. Chof, chof… Cuarta planta. Cafetería. Sólo una mesa libre junto al baño. Delante de mi un señor. Mierda… Lo pide para llevar. Bien! -seguro que tiene una piragua en la entrada-. Pido mi… consumición. Se levanta un señor sentado a una mesa junto a la ventana. Se va. Bien! Allá que voy. Chof, chof…

Me siento, abro mi libro, me traen mi chocolate caliente, miro hacia la calle y veo una marea de paraguas moviéndose en todas direcciones. Me pongo los auriculares, mi música, un sorbo a mi chocolate, vuelvo a abrir mi libro… ¿Se puede pedir más?

Rainy day

La SEÑORITA y el CHOCOLATE

Rainy day

CHOCOLATE: Me quieres, Señorita, ¿no es cierto? ¡Me quieres! ¡ME QUIERES!

SEÑORITA: No Chocolate, no te quiero, después del placer inicial vienen las NÁUSEAS y luego la CULPA.

CHOCOLATE: Esa, Señorita, es la razón de mi existencia. ¿Me vas a denegar mi razón de existir?

SEÑORITA: No, Chocolate. No haría eso.

CHOCOLATE: Gracias.

(Se oye alguien masticando, seguido de un suspiro de placer).

Lo que no te mata…

Hace poco leía por ahí algo así como «Si estás en esta vida es porque eres lo suficientemente fuerte para superarla«. Solemos pensar que no seríamos capaces de enfrentarnos a determinadas situaciones: un fatal accidente, una enfermedad letal, la muerte de alguien querido… esto último sobre todo cuando ocurre en circunstancias extraordinarias, como que le ocurra a un pequeño.

He de decir que somos capaces de superar lo inimaginable. Y no sólo somos plenamente capaces de superarlo, sino también de hacernos más fuertes, de aprender a relativizar y de valorar tanto a las personas como a las cuestiones materiales.

Hoy se cumple un año de que mi vida diera un giro inesperado. Un giro que me hizo deshacer todos mis planes y paralizarlos durante un año. Esto fue el culmen de una serie de acontecimientos que me han marcado para siempre. Ha sido -está siendo- con creces la etapa más difícil. En cambio, lejos de acabar conmigo, hoy me analizo y me siento más fuerte que nunca. Mi escala de valores ha cambiado por completo. Lo que entonces me hundía hoy me resbala. Tal cual lo digo.

Hoy valoro más mi vida, aprecio aquello que tengo y está por venir, valoro también más a las personas. Hoy, ya no juzgo a la primera de cambio. No critico que alguien actúe de determinada manera porque no tengo ni idea de lo que lleva a sus espaldas. Hoy miro a la gente -conocida o no- y me planteo qué le habrá deparado la vida.

Mi accidente es una mierda. Hoy, un año después, me sigue doliendo, sigo andando a duras penas y me sigue limitando. No tengo ni idea de si será así siempre o si aún puede haber alguna mejoría, el tiempo lo dirá. Lo que sí tengo claro es que ando, y si duele le pongo hielo y a la mañana vuelta a empezar. Me ha hecho posponer mis planes pero hoy los he retomado, por lo tanto no ha sido más que una pausa. Y es una mierda, sí, me refiero a que es una nimiedad comparado con el resto. Comparado, por ejemplo, con que una madre esté y no esté desde hace un año, un mes y nueve días.

Con todo esto quiero decir que pase lo que pase todo es superable. Mejor o peor; con menos o más pena, pero todo se supera. O, en el peor de los casos, se aprende a vivir con ello.

Hace unos días me emocioné mucho porque un amigo escribió: «Mamá, donde estés, yo soy porque tu fuiste, o quizás sigues siendo«. Hoy me apropio de sus palabras.

Y recuerda: Lo que no te mata, te hace más fuerte.

A mis hermanas, hermano, sobrinos y padre.

Prejuicios

Un día de estos iba andando por el paseo marítimo y me crucé con un ciclista. ¿Y qué? Diréis. Los hay a cientos, a miles, a millones… Y es cierto. Esta ciudad está tan preparada para el ciclismo que en su web oficial lo propone como «Cosas que hacer«. Bueno, pues como decía me crucé con un ciclista y me estuve riendo unas tres horas yo sola:

Prejuicios

No tuve tiempo de sacar la cámara a tiempo y tomé la foto ya de lejos y de espaldas, así que no se puede apreciar bien. Quizá en ésta se vea mejor:

Prejuicios

Está empinando el codo, ¿lo véis? Una Heineken. Y me hizo gracia oye, estas cosas sólo las haría un inglés -ya no digo guiri, vaya…-. Como decía, estas cosas sólo las haría un inglés: deporte mientras se echa una cerveza. Como bien me dijo mi primo, será su bebida isotónica. La de los ingleses, quiere decir. Seguí caminando y horas más tardes, sorprendida por la cantidad de ciclistas que estaba viendo, descubrí qué ocurría. Habían venido desde Londres hasta Brighton organizado por la «British Heart Foundation» –Fundación Británica del Corazón-. Esto cambió mis prejuicios… Lo que en un principio ví como un lazy sportsman -deportista vaguete- ahora lo veía como un «Te la mereces, campeón».

Hay que joderse

Hay que joderse, sí. Porque pocas otras cosas podemos hacer. Hace unos días publicaba una prima mía en su Facebook, y cito textualmente su cita textual: «Los esfuerzos para salir de la crisis serán compartidos, justos y equitativos. Mariano Rajoy. jajajajjajajajjajaajajajajjajjajaajajajjajajaajajja«. Las carcajadas también son textuales, de ella. Me la imagino doblada con la mano sujetándose la barriga, roja de la risa y hasta con lágrimas en los ojos del descojone también.

A mi me vino a la mente algo que había oído hacía poco en Radio 3. Hablaban de Ana Botella y de una propuesta que ha hecho recientemente en la que «pide» «voluntarios» para que trabajen para el ayuntamiento. «Voluntaria y, por ende, gratuitamente».
Al parecer, para paliar la crisis en el ayuntamiento de Madrid se ha propuesto no cubrir los puestos de trabajadores que se dan de baja por traslado o por jubilación. Aproximadamente unos 2.000 puestos menos. ¡Qué va! Ya estamos los parados ahí disponibles para ir a sacarle el trabajo por la patilla, total, como no comemos ni tenemos gastos que pagar y no necesitamos tiempo para patearnos las calles en busca de curro… ¡Mejor dedícate a generar empleo, señora!

No tiene desperdicio… Un ejemplo, y vuelvo a citar textualmente: «Las posibilidades son múltiples, queremos voluntarios medioambientales, culturales, que de alguna manera se organicen para cuidar los centros públicos. En cambio, hay otros ámbitos, como la limpieza, en los que no se ha planteado esta iniciativa

Aquí van los artículos, pongo uno de cal y otro de arena, ¡qué benévola soy! Tanto como «la que le da a la botella» como decían en la radio. Por cierto, ¿algún voluntario para limpiarme la casa?

En España, hay que joderse

Retroalimentación

Retroalimentación
Uno inevitablemente se pregunta si alguien estará leyendo su blog…,

…y un buen día en una reunión familiar un primo le dice que le hizo reir lo del cambio de dinero, un amigo deja un comentario diciendo que le gusta mucho el homenaje a REM, una amiga, durante una conversación telefónica, le incita a continuar «escribiendo así de bien» o, más difícil todavía, ¡se encuentra con la contestación de los aludidos en uno de los posts!

Todos los casos me animan y me hacen mucha ilusión, y agradezco que estéis ahí a pesar de que escribo tan poco.

¡La retroalimentación es muy importante! No puedo negarlo. Es muy gratificante saber que a alguien le gusta cómo escribes, que le haces reir o que le interesa lo que cuentas. ¡Pero también se da a la inversa! Tengo presentes vuestras ideas, recomendaciones, sugerencias… Como aquella vez que una amiga me dijo cómo le molestaba que le saltara la música al abrir mi blog -lo configuré para que se oiga sólo si se da al play-, o aquellos tantos que me habéis dicho que no podéis publicar comentarios -esto aún no he averiguado por qué es; sé quién diría que cambie de navegador, que el Internet Explorer es una mierda… pero mi hermana no utiliza el Explorer…-.

Y bueno, como dirían mis amigos de por ahí arriba, sin más. Que se agradece que andéis por la retaguardia ;)

Un abrazo a tod@s :)

El agua clara y el chocolate…



Hace unos minutos he descubierto un personaje que no me deja indiferente. Tiene dos años menos que yo y le acabo de conocer con trece años. Y me planteo… si con trece años tiene las cosas tan claras, tanta razón y… tantos «huevos», qué no tendrá hoy día. Para ella, el agua clara y el chocolate… espeso. Severn Cullis-Suzuki es en la actualidad bióloga, ecóloga y activista ambiental. Pero desde pequeña ya apuntaba maneras. A temprana edad tenía una mentalidad que muchos adultos quisiéramos tener y, lo que más me gusta: sus palabras no se las lleva el viento. Predica con el ejemplo.

El agua clara y el chocolate

En 1993 pronunció un discurso escrito por ella en la Cumbre de Medio Ambiente y Desarrollo «The Earth Summit«,celebrada por la ONU en Río de Janeiro. Junto con tres amigas de su misma edad recaudó dinero para asistir a esta cumbre, a cinco mil millas de su hogar.

Veo el video del discurso y el coraje, emotividad, implicación, simplicidad, madurez, resolutividad… que desprende me sobrecogen.

«Soy sólo una niña y no tengo soluciones, pero quiero que se den cuenta: ustedes tampoco las tienen.
No saben cómo arreglar los agujeros en nuestra capa de ozono. No saben cómo devolver los salmones a aguas no contaminadas. No saben cómo resucitar un animal extinto. Y no pueden recuperar los bosques que antes crecían donde ahora hay desiertos.
Si no saben cómo arreglarlo, por favor, dejen de estropearlo.
»

Tan simple y llano como esto… dejar de hacerlo. ¿Qué puedo añadir ante esta evidencia tan arrolladora? Nada. Mi cabeza de adulta frente a la simpleza de su mente de niña que escupe esta resolución tan banal, no tiene nada que decir.

«En mi país derrochamos tanto… Compramos y desechamos, compramos y desechamos, y aún así, los países del Norte no comparten con los necesitados. Incluso teniendo más que suficiente, tenemos miedo de perder nuestras riquezas si las compartimos.
(…)
Hace dos días, aquí en Brasil, nos sorprendimos cuando pasamos algún tiempo con unos niños que viven en la calle. Y uno de ellos nos dijo: “Desearía ser rico, y si lo fuera, daría a todos los niños de la calle comida, ropa, medicinas, un hogar, amor y afecto”.
Si un niño de la calle que no tiene nada está deseoso de compartir, ¿por qué nosotros, que lo tenemos todo, somos tan codiciosos?
»

Nos sobrealimentamos y tiramos restos, nuestros armarios a rebosar, coches de lujo, viviendas que no nos podemos permitir, préstamos que no podemos pagar… ¿En qué mundo vivimos?

Aquí está, la realidad de un niño. Todos tenemos un niño dentro; si le escucháramos nos iría mucho mejor, ¿no creéis?

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